Somos un sistema

May 14th, 2010 § 2

Creo que es razonable repartir el sacrificio. Sí, es dura una bajada de sueldo, pero peor es el riesgo constante de paro. Y el presente de los trabajadores no debería estar basado en una decisión inicial, si es que se puede tomar, de ir por lo público o lo privado. Si no también por los resultados generales del sistema. Si la posibilidad de paro para una gran parte de los trabajadores es enorme, las rebajas de los sueldos de los funcionarios no deberían ser un tabú.

SIN EXCUSAS

Claro, se puede pensar, por qué tienen que recortarles a los funcionarios y no a los ricos, especuladores o defraudadores. Algo con lo que yo estaría de acuerdo, pero en otro momento. Porque salir con una medida así me sonaría a huida ciega hacia delante. Con sus problemas.

Perseguir a los ricos desde una tribuna parlamentaria y como medida urgente de la presidencia del gobierno -y no como una reforma impositiva general y justa a largo plazo-, sonaría a caza de brujas populista, e ineficaz. A ocultar un problema sistémico es una parte. Y ahuyentaría aun más la inversión externa e interna. Por no decir que sería una excusa de la que no podríamos vivir mucho tiempo.

Perseguir la especulación, la economía sumergida y el fraude general sería, por sí sola, anunciada como el objetivo principal del decreto, o como una parte importante de la solución, otra medida que empeoraría el panorama económico. Sí, dicen, este dinero sucio representa un porcentaje de la economía general, incluso tanto como el necesario para recortar el déficit. Pero, es que ese dinero no se recupera por decreto. Primero habría que tener la claridad de que una vez convertido en limpio tendrá el mismo volumen y segundo, habría que tener la seguridad de que esa persecución, captura, juicio y aplicación, fuese a tener un efecto inmediato. Sería todo un invento, la justicia financiera inmediata. Única el mundo. Por el contrario, me temo que esta deseable reforma, implicaría tiempo, mucho más del que tenemos, que además, parte del dinero defraudado se perdería en el camino de su limpieza, porque parte de él cruzaría la frontera a golpe de “Intro”, y que al final no serviría para resolver el problema.

Si bien, tener un sistema impositivo justo y una economía sana y transparente, son objetivos fundamentales, no son soluciones que salven el sistema. Si estas medidas son necesarias es por su carácter justo. Y sus beneficios serán un añadido maravilloso si se consigue. Pero no son la medicina del juego del que no podemos bajarnos -al menos yo no sé como- Así, sabemos y aceptamos que el sistema que tenemos es capitalista y que se mueve dentro de un flujo temporal y un contexto que pide medidas ya. Cosa que asumen hasta los sindicatos, recordando que recortar el sueldo frena el consumo y aminorar las inversiones públicas atenta contra la productividad.. Porque acuden al consumo y a la producción, no a la dignidad del trabajador, no al discurso obrerista, comunista o alternativo.

Y claro, si aceptamos que estamos en un sistema capitalista -con mayor o menor ambición de ir reformándolo- sabemos que este rompecabezas va por partes y se interrelaciona por todos los sitios. Bajar el sueldo a los funcionarios, frenará su consumo, pero no bajarlo implicaría subir los impuestos, tanto para pagar esa parte que ahora desaparece como para ese depósito de más que ahora tiene el estado para moverlo. Subir los impuestos implicaría que la otra parte de los trabajadores se sometiesen aun más al riesgo del paro, la injusticia laboral, la explotación, etc. Con lo cual el consumo se ralentizaría más si cabe. Por no decir que la capacidad de inversión pública se vería más mermada.

NO ES BUSCAR CHIVOS EXPIATORIOS, PERO SI EL MOMENTO

No entiendo estas medidas como una venganza ahora que se puede contra esa figura del funcionario vago, que trabaja poco y le da igual la crisis o el destino de la nación. No creo en esa figura, me pasé dos años en TI de una universidad pública, y sé que hay gente competente en lo público como hay gente muy vaga, quizás con una diferente distribución y adaptación con respecto al panorama privado, pero no de una forma categóricamente diferente. Por no decir que prefiero a un médico o un profesor de la pública a uno de un cuchitril madrileño de la privada.

No, no es una venganza, es distribuir la carga. Quizás, ahora con el tiempo justo, sea el único momento que se puede hacer algo así, contra un gremio donde si está implantado el sindicalismo, el sentido de pertenencia a cierta clase, y donde la movilización es más favorable o menos peligrosa que en cualquier otro trabajo.

Antes, sin los golpes de las últimas semanas, quizás no se hubiera podido hacer. Hay que cuidar tanto la estabilidad económica como la social o política. Porque son interdependientes. Por maquiavélico que les suene a los puritanos de los dos bandos. Pero ahora tocaba.

SINDICALISMO DE CLASE, NO DE CLASE OBRERA, SINO BUROCRÁTICA

Recordemos que el funcionario también creció, aunque sea al menos en número de plazas, durante la prosperidad económica. Qué el no es un examen y una casta, sino otra parte más del sistema que formamos todos. Y que por tanto no puede vivir aislado de la coyuntura. Perdón, recordémoslo frente al sindicalismo, porque yo creo que la mayoría de los funcionarios si tienen conciencia de pertener a algo mayor que lo está pasando francamente mal. Porque, su familia esta fuera de la función pública y saben por lo que pasan y porque muchos de ellos sí que tienen conciencia no sólo de trabajadores de un gremio, sino de servidores públicos. Algo que no identifica, tengo la impresión, a los sindicatos que no han esperado lo más mínimo a anunciar huelgas.

Muchos sindicalistas han debido pensar: si no actuamos ahora perderemos cualquier tipo de prestigio. Por no decir, que que perderían su principal red estable de sostén, el empleado público. Pero es que ese prestigio guerrero, hace mucho tiempo que se perdió. Con un 20% de paro ya no vale llamar a la contestación. Con un estado de derecho que los subvenciona, ya no vale. Si adoptaron hace ya, la senda de la prudencia, no parece que ahora valgan cambios.

Primero porque al parado de la privada aumentará sus recelos sobre el sindicalismo, el trabajador no funcionario lo mirará con indiferencia y con cierto amargor si encima tiene que sufrir deterioros en sus servicios, que a veces son tan básicos como poder dejar al hijo en el cole para poder ir a trabajar o ir al médico. Y será una gota más en su distancia sobre un sindicalismo que no entiende porque no habla el mismo idioma que él.

¿Y el trabajador público? Bueno, el funcionario sabe perfectamente como se mueven las redes sindicales en su institución. Si bien, es consciente de que sin ellos se estaría peor, también lo es de que no les mueve ni el idealismo ni la retórica que utilizan. Con una brecha incluso más general que la que tienen los partidos de izquierda entre discurso y acción. El trabajador público seguirá viendo el sindicalismo con cinismo y eso sólo rendudará en una cosa, en que este sindicalismo nunca tendrá su apoyo para reformas mucho más importantes, profundas y arriesgadas dentro del sistema, en aras de algo más justo y menos salvaje. De él espera beneficios proporcionales como espera el inversor de bolsa. No una causa justa en el trabajo o la economía.

EL DILEMA DE LA IZQUIERDA LIBERAL Y LA IZQUIERDA DE CLASE

El sindicalismo y la izquierda, tienen ahora un dilema. Si optan por reutilizar una retórica vieja en una reacción obvia pero suicida. Seguiremos siendo clandestinos, nuestro lugar son las barricadas y lo nuestro es puro sacrificio. Lucharemos contra el gobierno. O si mantienen unos valores originales adaptados a un nuevo panorama: la izquierda como gobierno, el sindicalismo como ente protegido, cuidado, e impulsado por el propio sistema.

El sindicalismo tiene una opción de oro. En la reforma laboral pueden implantar el sindicalismo en todos los ámbitos laborales, como compensación a estos recortes o los que se ven venir en el mercado del trabajo. Puede implantarse como una red difusa entre todo tipo de empleados, que sirva de malla entre el sistema, la empresa, la economía y el trabajador. Puede ser parte de la transparencia y de la denuncia del sistema desde dentro. Pero dudo que la aproveche. Como la izquierda en horas bajas, me temo que tiene más de red clientelar que de ideales. Especialmente en lo público, donde el sindicalista no debe ser un tipo arrojado, sino un buen RRPP. Ójala me equivoque. Ójala el resto del sindicalismo, más arriesgado, les pida un esfuerzo para crecer por otro lado. Ójala.

PS: Para que el sindicalismo se propagase necesitaría un sentido más estratégico de sí mismo. Más global, y no de reinos de taifas, o honorables tribus guerreras con sus propios líderes o intereses. Deberían mirar porque la Iglesia sí se propaga y su alcance no se perdió en los primeras décadas de su explendor. La Iglesia, que nunca le haría una manifestación a la derecha, pero que estaría atenta a que se fuesen cumpliendo ciertas cosas nacidas de los ideales compartidos. Cosas que sólo serían viables con un gobierno afín que ella ayuda a levantar. En fin, Mucho pedir, ellos al menos tienen fe en sus ideales. Aunque se engañen.

La transición, peor que el pecado original

April 13th, 2010 § 1

eneko

eneko

Pues prefiero ver a dos abrazándose para que tarde o temprano se reparen las injusticias, que a nadie abrazándose para que tarde o temprano haya más de un cadáver bajo tierra.

A Garzón le han acusado de prevaricar y está por ver que le juzguen y le condenen. Y con el debate que ha arrancado, se ha colado una idea nada nueva que llevo años escuchando: que la transición no se hizo como se debía y que de aquellos polvos estos lodos.

Si uno lee El Mito de la Transición -yo estoy en ello, en una lenta lectura y digestión- uno puede preguntarse muchas cosas, puede ver que lo que ahora se interpreta como algo evidente, teleológico, no tenía por qué haber acabado así, que había abiertas muchas oportunidades y un gran número se perdieron, como también existió la constante posibilidad de no alcanzar un sistema democrático, porque muchos de los que pactaron lo querían por conveniencia momentánea. Qué al final haya pasado no significa que fuese lo necesario.

Pero una cosa es deshacerse de los mitos con la historia -detallista, como no lo es la memoria, que diría Punset- y otra es coger un mito y sustituirlo por otro que nos exculpe de todos nuestros errores o vagancias.

Dicen, en aquellos años no se hizo la justicia histórica que se debía -por no hablar de la forma de estado impuesta- Argumentan, no sé depuró la administración ni las instituciones. Acusan, de aquel capital, este capital. Y piensan sin pronunciarlo, que aquello fue una oportunidad histórica, la izquierda tenía el poder social, Europa estaba con nosotros y era una ventana para el cambio que nosotros no podremos volver a tener. Estando precisamente ahí la mentira que alimenta el victimismo que justifica la inanidad ¿republicana? de todos estos años. La falta de acción efectiva de los que se quejan.

Quienes se lamentan y se lamentan, no entienden que aquello ni se entendía como definitivo por quienes lo ejecutaron ni pretendían que fuese un arquitectura que cien años durase. Al menos por parte de la izquierda involucrada. Sí era sin embargo la mejor forma de empezar a desgastarlos desde la posición de ciudadanos libres y no de súbditos o de esclavos. Que como la gestión de la propiedad privada y la herencia en la Revolución Americana, los privilegios heredados que se toleraban, se ponían en un contexto de desgaste con las generaciones, y como la propiedad dividida progresivamente por la multitud de hijos, los poderes de aquellos franquistas vendrían a menos por la acción política continua de los progresistas y republicanos de las siguientes generaciones.

Pero, tal desgaste parece que ha sido menor. Parece que siguen algunos postulados en las salas de los juzgados, en los sótanos de algunos ministerios y en las más variopintas instituciones ¿Pero de quién ha sido la culpa? ¿De quienes no hicieron triunfar una revolución radical y democrática en un momento de inestabilidad? ¿O de quienes no han sabido seguir con la labor las siguientes generaciones? Yo diría más bien que lo segundo. Porque el republicanismo se ha convertido más en una cuestión de homenajes a un pasado mítico que a un ejercicio progresivo de virtudes cívicas. Se piensa en la república como el volver a la II en vez de construir la III. Y quienes hablan de la tercera están más en el discurso antisistema que en un sistema algo más perfeccionado que el monárquico parlamentario. Además quienes más critican la transición suelen moverse en dos espectros, uno más marginal en el sentido de que serían incapaces de movilizar –y tampoco quieren porque sería subirse al carro de las falseadas democracias de masas embrutecidas- una mayoría porque su propio sentido de la política les pide ser minoría -cualificada, pura y santificadora- con lo cual de nada nos sirve, y otro más cínico, asentado desde hace años en el poder u observándolo con complaciencia, que critica el pasado de la transición pero no arriesga lo más mínimo en el presente, haciendo de la república una banalidad cultural y no su principal batalla política, allí donde tienen poder político -porque ya lo harán cuando lleguen a presidentes del gobierno, mientras tanto sí pero no-

La verdad, creo que la Transición nos abrió un espacio desaprovechado, que quizás a raíz del tema Garzón lo volvamos a recuperar, como una cuestión mayoritaria y no de, insisto, minoría cualificadas -es decir todo lo contrario de lo que significa el republicanismo- Criticar la transición como el origen de todos nuestros males, es además, algo bastante antirepublicano, a saber, rechazar todas nuestras obligaciones políticas actuales, diciendo que son cosas a resolver por un juez o por un pasado que no resultó tan cerrado como una película con Happy End. Ah, por cierto, el juez también pertenece al establishment. Porque ya podíamos haber hecho algo muy sencillo desde hace años como es cambiar el acceso a la carrera judicial –algo al alcance de pocos- en vez de esperar suerte en la ruleta rusa de la aparición del juez comprometido con la causa.

PS: Metamos a Blanco de Ministro de Justicia a ver si con el acceso a juez hace algo parecido como lo hecho con los controladores. Eso sí que sería hacer honor a la Transición.

Felipe el Grande y el PSC

January 22nd, 2008 § 2

Felipe

Querida Matrix sabes que desde hace meses llevo preguntándome por la naturaleza de un partido político. Años filosofando sobre la política, sus valores, sus conceptos con sus historias, sus evoluciones, sobre los teóricos y los hombres de acción, y olvidando los partidos… o las facciones o corrientes. En lo práctico pensando en campañas, en discursos, en comunicaciones, en movilizaciones, etc. y olvidando el maldito centro del problema, el modelo y su proyecto –o si lo prefieres querido J. Gould, su desarrollo en el tiempo, su programa evolutivo; que no su lista de la compra electoral-

Y en un mes, zas!!, ahí estaba, el maldito punto que faltaba, en el ojo del huracán, en el pupitre de Galapagar, en la calma, viendo las mil y unas corrientes del ciclón. Su complejidad, su sistematicidad, su escalabilidad, su fortaleza y su fragilidad… la estupidez anterior de interpretarlo linealmente para cada ocasión y momento, desde una sola idea, desde una sólo perspectiva, desde un solo objetivo, desde una sola reacción. Ya sabes, eso que dicen algunos que el fallo del partido, o le que le falta para arrasar, o lo olvidado antes de la derrota, es esa idea brillante que tienen ellos, a saber, que falta venderse, que falta comunicar, o que lo que falta es tener más medios de comunicación, cercanía, gestión, cifras etc. etc. etc. Cuando el problema no es tener todos estos mecanismos, y muchos más, sino que es lo que pueda producirlos y darle el sitio que demanda la partida sin que se contradigan entre sí. Lo difícil es pregunta por el Motor.

Pregunta de la que no sé si algún día me atreveré a responder, pero de la que cada día voy teniendo nuevas posibles respuestas. Por ejemplo ver a Felipe en Barcelona me dio muchas intuiciones sobre el asunto. A Felipe los compañeros y simpatizantes catalanes le adoraban. Con la misma intensidad que cualquier otro español. El PSC, un partido estatutariamente autónomo, tenía en Felipe, me atrevería a decir, al líder al que darle el mayor cariño.

¿Por qué Felipe arrasa en Barcelona o en Madrid? Porqué esa pasión irracional con él. La respuesta eran las propias palabras de Felipe que pusieron en la pantalla. Su definición de liderazgo que citándola mal y de recuerdo, decía que era algo así como una empatía con todos los demás, con sus problemas pero ampliando a su vez sus horizontes a través de un proyecto aplicado con determinación.

Sencillamente un líder es en esto, aquel que puede unir muchos problemas o necesidades de respuesta a unos intereses, opiniones, aspiraciones o derechos, en un horizonte común, en un proyecto y aplicarlo con decisión. Felipe hace años dejo de ser una persona –en lo público- para convertirse en ese motor de empatía y proyección. En su discurso, en su educación, en su denuncia, en la creencia en sí mismo, los socialistas y luego España se vio proyectada en un progreso que permitía no dejar toda la fuerza vital en sus querellas. Un líder progresista es el que puede hacer ver a los demás lo mejor de sí mismos en el futuro participando en un proyecto común. A nivel de partido o a nivel de país.

Los socialistas catalanes y los madrileños vimos en ese momento todos lo mismo, lo mejor de nosotros. Felipe no estaba en el pabellón, cuando aplaudíamos al máximo, igual que cuando ahora lo hacemos a ZP cuando lo borda, sino que estábamos todos en el atril sustituyéndole, con lo mejor de nosotros aplaudiendo al resto de gente que también estaba allí proyectada, y subiendo y subiendo, y sumando y sumando.

Creí entender entonces que un buen secretario general de un partido era esto, alguien que podía incluir a toda la gente en un cuadro, no en un puzle. Un líder político como un artista. Y vi también la gran equivocación que muchos tienen con el liderazgo, al confundirlo con el papel –también necesario, pero para mantener cierta estabilidad y no para hacer proyectos- del organizador, que es el calcular los intereses y las riñas particulares de todos los asistentes al baile para conseguir aplicar bien el dilema del prisionero.

Como dijo Felipe, ya hubo un día que su partido entero no le entendió. Y no se quedó a sumar votos, se fue. No creo que lo hiciese por elegancia democrática, sino porque era consciente de que el suyo, el que estaban pariendo ese equipo, era el proyecto que tenía que venir, que valía la pena y que no había que sacrificar.

Es el proyecto, no la campaña.
La campaña es el subproducto o son mentiras.

PS: Proyecto no es la palabra ‘proyecto’. Poner la palabra proyecto delante de cualquier cosa no la hace proyecto, la hace un engaño. Y ya sabemos que el peor engaño es el autoengaño.

PS2: El próximo día prometo hablar de algo mucho mejor que el mitin, el viaje con los compañeros de Moratalaz a visitar su hermanamiento con Horta, y que tan amablemente me dejaron compartir.

PS3: Esto es una mínima muestra nocturna del debate que tuvimos al volver en el tren.

PS4: No crean que la empatía de Felipe es por su magnetismo, su belleza, su buen tono de voz. Análisis facilón. Felipe se subió, habló, sin nombrar pasó por Giddens, por su análisis de Nokia y el nuevo estado del bienestar de nuestros vecinos nórdicos, por su comparación con políticas medioambientales, metiéndolo todo a su vez, en la estrategia de largo alcance sugerida por Lakoff en su librito, y además regalando un ejemplo sobre un asesor de inversiones de lo más pedagógico sobre los complejos temas económicos. Felipe explicó cosas difíciles, Felipe respetó la inteligencia de los que allí estaban, aunque lo hiciese en un lenguaje asumible por todos, sin citas eruditas y con chispa mordaz. Felipe no leyó la lista de la compra, ni lanzó cuatro millones de eslóganes repetidos sin cesar. Felipe nos contó una historia en la que todos éramos protagonistas ¿Acaso usted no se va a acordar de la historia en la que algo tiene que ver? ¿Y de la que es protagonista? Aunque sólo la escuche una vez…

PS6: ¿Me pueden decir que cercanía hay mayor que el respeto a la propia inteligencia?

El ser de la izquierda

November 21st, 2007 § 3

Roberto G. se pregunta por el ser de la izquierda política. A mí, este tipo de preguntas me suelen parecer más una trampa metafísica de los fundamentalistas que una verdadera cuestión a resolver, donde cualquier respuesta será insuficiente y mala, y por tanto, quien procure responderla nunca se ganará ese carné de izquierdista, porque no hay respuesta posible ante quien pregunta buscando cuestionar una identidad y no el obtener un conocimiento.

¿Para ti qué significa ser de izquierdas? Siempre es antecedida por un ¿Y tú eres de izquierdas? Ya sea pronunciada por un antisistema, por la burocracia política, por un comunista –supongo que un comunista es un pro-supersistema-total, por diferenciarlo de los anarquistas digo- o por un liberal de palo de estos que se creen ricos por ganar 50 euros más que un mileurista. A todos ellos la respuesta les da igual. Porque la pregunta es una negación. Y como diría nuestra folclórica –o la madre del protagonista-, ante esto, dientes que es lo que les jode. Nosotros a nuestro Marco, a nutrirlo y a perfeccionarlo.

Aunque en este caso se lo pregunta Roberto G. y lo hace a sí mismo. Vamos, que es de las pocas veces que uno puede ver esta pregunta con ánimo de responderla afirmativamente y no de negar con ella la identidad a nadie. Es un interrogante, no una acusación. Y se responde a sí mismo con mucha cautela. Así que entraré al trapo de su post.

Ser de izquierda es adoptar una determinada perspectiva del gobierno de un sistema, un sistema que salvo eliminación entre unos y otros –y de eso en España sabemos un rato, con unas cuantas guerras civiles, y con otros tantos largos periodos de dominación- es compartido por diferentes perspectivas.

Afilando, ser de izquierdas, conjeturo –sálveme yo de dar lecciones identitarias- es adoptar la perspectiva del débil dentro de un sistema político que entre otras necesidades a atender están la convivencia de todos.

Afilando un poco más, interpreto el débil como aquel que puede caer bajo una relación de dominación, o de interferencia arbitraria.Es decir, todos en cualquier momento podemos ser ese débil en algún aspecto de nuestras vidas. E interpreto la convivencia de todos como un sistema complejo de justicia, dando a todos un mismo derecho bajo constitución –ese velo uniformador de Rawls- una democracia y un sistema de control de poderes, donde la convivencia se base en lo que expresa libremente cada uno, y no en el miedo a moverse, y por su puesto en la libertad de acción y organización. A partir de ahí, el papel que se le dé al comercio, a las empresas, a los funcionarios, a los diferentes poderes, a los niveles de gobierno, a la política exterior, etc. será una cuestión de prudencia y conveniencia a largo plazo para el sistema y para evitar las relaciones de dominación. Sin dogmatismos, con inteligencia, porque lo sustantivo es la libertad y la convivencia en paz dentro de un entorno en el que siempre existirán tensiones y necesidades, metidos también en una carrera entre estados de la que no cabe aislarse.

¿Y siendo de izquierdas como soy del PSOE? Pues por su larga historia dentro de este país defendiendo sistemas de libertad y convivencia, luchando contra la dominación –de ahí su primer sindicalismo a finales del XIX o su estado del bienestar a finales del XX- y por el presidente que ha dado ahora:

De toda la entrevista me quedo con esto a partir de 4:50

Que seas libre, autónomo, independiente. Que le puedas decir NO a la persona con más poder o económico, o mediático o religioso, o sindical de un país.

Al final la democracia es una arquitectura de convivencia donde las formas son sustanciales.

Al final la democracia es un engranaje de convivencias.

No me extraña que Pettit hable tan bien de él.

Modernizar la izquierda

September 10th, 2007 § 1

Colgar el cuadro es una expresión que no tendría que haber recibido una negación por respuesta. De hecho muchos dirigentes políticos están colgados de ganchos celestiales que muy pocos acaban de identificar y catalogar. En las alturas sin haber usado escalera ni unas alas de genio, sino volando gracias al gancho de alguna grúa –¡siempre los constructores! hasta en las peores metáforas-

Hoy escribe Anthony Giddens en El País –de pago- sobre Modernizar la Izquierda. Primero advierte con varias décadas de retraso que el modelo socialista está acabado económicamente –algo que saben los dirigentes y votantes socialistas, bueno algo que ya sabíamos todos desde hace varias décadas también. Por cierto, lo interesante sería que alguna vez nos contara un teórico del asunto como el modelo liberal también está muerto, es más, nunca ha existido en la realidad, exceptuando las aproximaciones de alguna que otra pobre colonia o algún que otro país tercermundista, y por la fuerza claro, igual que el modelo soviético. La verdad, con todo lo que se ha dicho y escrito sobre el liberalismo y el socialismo, y sin tener una ISO sobre sus correctas implementaciones respectivas, no sé como todavía los pensadores del tema se siguen permitiendo estas generalizaciones tan poco serias-

Lo segundo que propone es que los partidos de izquierdas modernicen. Y advierte que esto es algo que la derecha también está en disposición de hacer, como ha hecho Sarkozy –supongo que se referirá a las intenciones, porque de momento poco tiempo le ha dado- Modernizar el Estado para adaptarse al nuevo sistema global. Ahora, en este nuevo escenario, ser conservador o modernizar, par Giddens, ya no es equiparable a ser de derechas o izquierdas, sino que pueden mezclarse entre sí.

Acepto lo de modernizar –aunque le sigo sólo hasta la palabra, porque a saber que intenciones hay detrás de ella al ser pronunciada por Giddens- Modernizar, para mí, es entender –modelizar- los procesos externos de la globalización económica y de las relaciones internacionales, entender los procesos internos de las instituciones y agentes sociales a gobernar, y transcribir nuestros valores de izquierdas y la maquinaria de partido de tal forma que puedan implementarse y transformar esos sistemas.

Modernizar no es aceptar sin más los procesos de la globalización, adaptando partidos e instituciones a ellos. Lo moderno no es la adaptación ciega a lo nuevo y más poderoso. El instinto de supervivencia sin más y el sometimiento al fuerte es el programa conservador por excelencia. El esclavo de la moda es el que menos innova. Lo moderno, el avance, es la mejora de esos procesos en cuanto calidad de vida, justicia, y tantos otros valores que han acompañado a la izquierda desde su inicio, antes incluso que sus formulaciones económicas, que fundamentalmente han sido críticas y no sistemáticas.

Que un partido de izquierdas modernice no pasa por abandonar algunos valores, sino por traducirlos a un nuevo lenguaje aplicable por las instituciones que luego se comunicarán de forma efectiva con la globalización y los agentes sociales. Uno puede recitar un libro sobre estructuralismo marxista en su despacho de organismo oficial –ojala pudieran hacerlo todos- y puede dar las ordenes en esos términos, pero nunca podrán aplicarse y menos aun revisarse después su índice de impacto o efectividad. El funcionario o empresa adjudicataria aplicarán los procesos para los que están entrenados y punto. Si alguna vez se innova será porque estos quieran y no por las ideas del político. Lo peor es que innovarán de acuerdo a sus valores y no a los del político votado por la mayoría.

Pero la modernización no sólo tiene que ser exterior. También ha de darse internamente. La forma de organizar sus recursos humanos y la participación. No tanta fontanería como en la viñeta y sí más políticas de recursos humanos y proyectos de trabajo concretos y escalables en un entorno mayor donde todo el mundo que quiera tenga cabida y currículum, donde se puedan demostrar las habilidades, la capacidad de trabajo, o la haraganería y las malas artes de los pocos que en todos las organizaciones habitan y pueden llegar a pervertirlo todo.

- A esto es a lo que se debería dedicar una sectorial política de la sociedad del conocimiento. El motor de la modernización de un partido de izquierdas. A explicitar los procesos de todos estos elementos y a ver el encaje en ellos de nuestros valores-

Escribo en: El Giro de Torrejn

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